Un joven millonario pensó que se iba a casar con una mujer fea mediante un matrimonio arreglado, pero cuando ella se quitó el velo, se quedó sorprendido con lo que vio. Antes de empezar, comenta a continuación la ciudad desde la que estás viendo el video. Santiago se apoyaba en el respaldo de su silla con los brazos cruzados y un seño de fastidio, mientras que su padre bebía con calma una copa de vino y su madre lo miraba con una mezcla de preocupación y firmeza. No puedo creer que esto esté sucediendo”, dijo Santiago haciendo a un
lado el plato intacto frente a él. “Ni siquiera tuve voz en esta decisión.” “Ya hablamos de esto,”, respondió su padre con tono tranquilo, pero tajante. “Es la mejor forma de asegurar nuestro futuro y el de nuestra familia. El futuro, replicó Santiago con una risa sarcástica. El mío o el de ustedes. No lo veas como un castigo comentó su madre.
Piensa que es un compromiso importante. Tus sentimientos también cuentan, pero las circunstancias nos han llevado a esto. Santiago apretó los puños sobre la mesa. Un compromiso. Más bien suena a un trato de negocios. Me están casando con alguien a quien ni siquiera conozco y encima, por lo que tengo entendido, esa persona ni se quita el velo. El padre se aclaró la garganta.
Ella se llama Valeria. Sus padres son gente influyente que ha apoyado nuestro negocio. Nos han extendido la mano para esta unión y será beneficioso para todos. Beneficioso para todos, respondió Santiago con un tono irónico. ¿Cómo se supone que me sienta? Estoy obligado a fingir que me encanta la idea.
La madre interrumpió con voz firme. Te estamos pidiendo que seas responsable. Entendemos que sea difícil de aceptar, pero así son las cosas. El compromiso está hecho y no hay vuelta atrás. Santiago empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Pues ojalá la supuesta prometida esté al menos de acuerdo, porque esto es lo más anticuado que he visto.
Una boda arreglada en pleno siglo XXI. El padre dejó la copa de vino con cuidado. Valeria sabe exactamente lo que pasa. No es alguien frágil ni manipulada. Es muy consciente del acuerdo y lo aceptó por su propia familia. ¿Por qué tiene que cubrirse el rostro? Insistió Santiago mirando a sus padres. No es extraño.
Tiene sus razones, contestó su madre. Y no nos corresponde juzgarlas. A fin de cuentas, su familia y la nuestra buscan proteger sus intereses. Ustedes dos serán una pareja ejemplar y nada más. Sí, nada más, bufó Santiago. Miró a su padre y luego a su madre y sin decir nada más salió de la habitación con el sabor amargo de lo que él sentía como una traición.
Esa noche en su cuarto, Santiago se sirvió un trago de whisky y se quedó mirando por la ventana, observando las luces distantes de la ciudad. Todo le parecía irreal. Es ridículo, se repetía. Acaso estamos en la Edad Media. El día en que Santiago conocería a Valeria por primera vez llegó más rápido de lo esperado. Sus padres lo hicieron arreglarse de manera elegante y esperarlo en una de las salas de estar de la finca.
Él se paseaba de un lado a otro, impaciente, hasta que oyó pasos en el corredor. Cuando la vio entrar, tuvo que admitir que su presencia era tranquila e imponente. Llevaba un velo que le cubría el rostro casi por completo, dejando al descubierto únicamente sus ojos de color gris.
Valeria se desplazaba con una elegancia discreta y su padre, un hombre deporte serio, la acompañaba. La madre de Santiago, siempre pendiente de las formalidades, se adelantó a saludar. Valeria, querida, bienvenida. Este es mi hijo Santiago. Santiago avanzó con cautela. Su mirada se quedó pegada al velo que cubría el resto del rostro de Valeria.
Un gusto”, dijo extendiendo la mano. “El gusto es mío,” respondió Valeria con una voz pausada, pero firme. Le dio la mano con seguridad. Se sentaron en la mesa a conversar. Bueno, en realidad los padres platicaron y Santiago simplemente se dedicó a observar a esa misteriosa joven que no se inmutaba pese a las miradas curiosas.
Valeria escuchaba todo sin mostrar disgusto. Respondía con calma cada vez que los padres de Santiago o su propio padre se dirigían a ella. Después de unos minutos, Santiago soltó un comentario que venía rumeando desde que supo de este velo. ¿Te sientes bien usando eso? preguntó en voz baja, apuntando hacia su rostro cubierto.
La madre de Santiago le lanzó una mirada que le exigía cortesía, pero Valeria habló antes de que cualquiera pudiera intervenir. Estoy bien, gracias por preguntar. Sé que no es lo común, pero así lo prefiero. Santiago no se contuvo. ¿No crees que es un poco exagerado en una reunión familiar? Tengo mis motivos, respondió Valeria sin titubear. No es por vanidad ni por tradición.
Solo pido que me permitas conservarlo. Santiago se quedó callado un segundo, sorprendido por la firmeza. Al mismo tiempo, sintió curiosidad qué razones tendría para cubrirse de esa forma, pero era evidente que no obtendría respuestas por ahora. Cuando la visita terminó, Valeria se despidió con una inclinación de cabeza y siguió a su padre.
En cuanto salieron, Santiago se volvió hacia sus propios padres con gesto de enojo. Ahora sí pueden explicarme qué pasa. El padre suspiró. No hay nada que explicar. Esta boda se hará en dos semanas. Ella es una chica brillante y una buena candidata para nuestra familia. Buena candidata. Soltó Santiago con cinismo. En serio.
¿Piensan que esto es un casting? La madre intentó calmarlo. Por favor, trata de ser comprensivo. Sabemos que no es lo típico, pero es la mejor opción en este momento. Si de verdad confían en mí, podrían haber hablado las cosas de otro modo dijo Santiago. Pero ya veo que no tengo alternativa.
Sin más discusión, se marchó a su habitación, harto de una situación que para él no tenía ni pies ni cabeza. Los días siguientes fueron una mezcla de tensiones y preparativos. La noticia de la boda arreglada se extendió entre los allegados y las especulaciones crecieron. Especialmente, la mayor curiosidad se centraba en Valeria y su velo misterioso.
Algunos insinuaban que podría tener una cicatriz, otros que simplemente era su costumbre para llamar la atención y unos hasta comentaban que quizá no quería mostrar su apariencia por inseguridad. Santiago, por su parte, cada vez que oía un rumor, se enfurecía. Sabía que la boda no podía detenerse, pero odiaba la idea de que la gente lo viera como una víctima de las circunstancias o que a ella la vieran como una figura extraña. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios.
Escribe la palabra pastel en la sección de comentarios. Solo quien llegó hasta aquí lo entenderá. Continuemos con la historia. La noche antes de la ceremonia, Santiago salió a caminar por los jardines de la mansión. El cielo estrellado y el aire fresco lo ayudaban a pensar. Se preguntaba si Valeria estaría tan disgustada como él o si realmente le daba lo mismo.
Después de todo, ella misma había hablado con seguridad, como si no le importara lo que los demás pensaran. Llegó por fin el día de la boda. La celebración fue imponente. Flores por doquier, música suave, invitados vestidos de gala. Todo lucía perfecto si no fuera por el peso en el pecho de Santiago, que se sentía como un simple peón de ajedrez.
Cuando Valeria apareció en la puerta del pasillo nupsal, la gente contuvo la respiración. Vestía un elegante vestido blanco, pero mantenía el velo que ahora caía con delicadeza sobre su rostro, cubriéndolo por completo. En cada paso se podía notar su porte distinguido. Santiago tragó saliva. Jamás pensó que su boda sería así. Ella llegó frente a él y el oficiante empezó la ceremonia.
Los votos se sintieron casi mecánicos. Ni él ni Valeria se salían de las frases de rigor. “Ahora puedes besar a la novia”, anunció el oficiante. Santiago se acercó, pero ella no levantó el velo, así que la besó con un rose leve sobre la tela. Hubo aplausos formales, más por compromiso que por genuina emoción. Ambos sabían que esa escena parecía sacada de otro tiempo.
Tras la ceremonia, pasaron a la recepción. La decoración era lujosa, la gente sonreía y felicitaba, pero el ambiente entre Santiago y Valeria seguía enrarecido. Se sentaron en la mesa principal, uno al lado del otro, sin apenas hablar. Cuando llegó el momento de la primera danza, muchos esperaban que se quitaran al menos una foto juntos, pero ella mantuvo la cara cubierta.
Algunos cuchichaban que tal vez escondía algo horrible. Santiago apretaba los dientes deseando que la fiesta terminara pronto. Al finalizar la celebración, los recién casados fueron llevados a la suite nupsial, donde por fin se quedaron solos. Santiago tiró la chaqueta en un sillón y miró a Valeria. ¿Vamos a seguir fingiendo que esto es normal? Preguntó con la voz más cargada de cansancio que de furia.
No finjo nada”, respondió Valeria suavemente. “Entiendo que todo te parezca un teatro, pero no es mi intención provocarte.” “Entonces, ¿cuál es?”, insistió él. “¿Por qué no muestras tu rostro? ¿Te da miedo lo que pueda pensar la gente?” Valeria se acercó con calma, aunque mantuvo distancia prudente. No se trata de la gente ni de ti.
Es algo que necesito hacer por mi cuenta. No busco herirte, pero tampoco voy a quitarme el velo solo para complacer a los demás. Santiago negó con la cabeza. Pues sinceramente no entiendo nada. Estamos casados, ¿te das cuenta? Y siento que eres una desconocida. Ella se quedó en silencio unos segundos. No busco que me entiendas de inmediato. Tal vez con el tiempo podamos ver las cosas de otra manera.
Santiago, frustrado, abrió la puerta del balcón para tomar aire. “¿Y si no quiero esperar?”, murmuró. Más para sí mismo que para Valeria. No obtuvo respuesta. Valeria dejó sus guantes a un lado y se sentó en un rincón de la habitación sin decir nada más. Y así terminó la primera noche de casados con una distancia que parecía imposible de superar.
Al día siguiente se estableció una rutina fría en la mansión. Santiago solía marcharse temprano a la oficina o a reuniones, intentando pasar el menor tiempo posible en casa. Valeria, mientras tanto, se quedaba para supervisar algunos asuntos del hogar. Aunque la gente del servicio se mostraba intrigada por ella, poco a poco se ganaba su respeto con un trato amable y tranquilo.
En cierto momento, Santiago comenzó a fijarse en detalles que le llamaron la atención. Notó que a pesar de llevar velo, Valeria se movía con agilidad y seguridad. También escuchó que conversaba con los cocineros y las camareras con una calidez sincera. Cuando entraba en la biblioteca solía ojear libros de historia, de finanzas y tomaba notas.
Una tarde, Santiago se topó con ella en el estudio, donde él solía revisar documentos sobre un acuerdo comercial que estaba a punto de colapsar. Tenía papeles desordenados sobre la mesa y un gesto de frustración. “Tienes problemas con esos números”, dijo Valeria apoyándose en el umbral de la puerta. Él alzó la vista con cierto recelo.
¿Qué te hace pensar eso? Te conozco lo suficiente para notar que estás a punto de estallar, respondió Valeria. ¿Puedo echar un vistazo? Santiago dudó, pero acabó haciéndole un gesto para que se acercara. Ella tomó uno de los documentos y pasó la mano enguantada por las columnas de cifras. Aquí está el punto débil”, dijo señalando un párrafo.
“La cláusula está redactada de manera ambigua. Cualquiera que la lea pensará que no les estás garantizando estabilidad. Deberías especificar plazos, condiciones y, sobre todo, los riesgos compartidos.” Santiago se quedó boqueabierto. “¿Cómo? ¿Cómo sabes todo eso?” Ella encogió los hombros. No soy ingenua. He visto cómo funcionan los tratos familiares.
Si no los detallas bien, la gente desconfía. Con esa pequeña intervención, Santiago solucionó la mayoría de los problemas del acuerdo. Más tarde se confirmó que la firma rival aceptaba continuar en la mesa de negociaciones. Aquello despertó en él una mezcla de agradecimiento y curiosidad.
Quizá Valeria no era solo una joven misteriosa atrapada en un matrimonio pactado. Los días siguieron pasando y aunque no había una explosión de afecto, si surgieron momentos en que la tensión se aflojaba. Valeria no le contaba su vida en detalle, pero tampoco le ocultaba su capacidad para analizar situaciones.
Santiago se dio cuenta de que ella escuchaba con atención a todos y parecía encontrar soluciones rápidas. Sin embargo, el velo continuaba ahí. firme como una pared entre ambos. Una noche, durante la cena, los padres de Santiago habían venido a comentar los últimos avances del negocio. Valeria estaba presente participando en la conversación de forma puntual. En un momento dado, Santiago la miró con algo de admiración por sus aportes.
El padre de Santiago notó el ambiente y cambiando el tema, dijo, “Hoy recibimos buenos informes. Gracias a ciertas mejoras, la empresa está más sólida que nunca.” “Sí, eso es cierto”, contestó Santiago echando un vistazo disimulado a Valeria. No quería admitirlo abiertamente, pero parte del mérito era de ella. Valeria mantenía la mirada serena.
Sus ojos grises a través del velo brillaban cada vez que detectaba un matiz que los demás no veían. Terminada la cena, se excusó para retirarse a la biblioteca. Cuando se quedó a solas con sus padres, Santiago preparó dos copas de vino. Se notaba menos agresivo que antes. ¿A qué vino toda esta prisa por el matrimonio? Preguntó intentando sonar neutral.
La madre suspiró. Ya lo sabes. La familia de Valeria tiene un gran peso en ciertas negociaciones y hemos formado una alianza. Queríamos asegurarnos de que tuvieras estabilidad y de que el negocio creciera. Entiendo, admitió Santiago, pero sigue pareciéndome una forma muy brusca. Créenos que lo hicimos con la idea de protegerte a ti y a lo que hemos construido dijo su padre.
Valeria es especial. Quizá aún no lo notas por completo, pero lo es. Santiago le dio un sorbo al vino. Puede que tengan razón. Ojalá lo descubra antes de que sea tarde. Cuando fue a buscar a Valeria para comentar algunos detalles, la encontró en la biblioteca. Efectivamente, ella estaba consultando un libro sobre estrategias financieras.
Santiago tosió para anunciarse. Perdón por interrumpir, dijo. Solo quería agradecerte por tu ayuda en el acuerdo. Tuviste una gran idea. Valeria alzó la mirada. Lo hice porque creí que podría servir, no para obtener tu agradecimiento. Aún así, lo aprecio. Has demostrado que entiendes este mundo mejor de lo que creía. Ella cerró el libro con delicadeza.
He tenido oportunidades de aprender y eso me ha ayudado bastante. Hubo un silencio breve, como si cada uno pensara que más decir. Al final, Santiago habló primero sobre el velo. Sé que me he comportado como un necio. Solo quiero saber si algún día podré verte completamente. Valeria respiró hondo. Eso pasará cuando llegue el momento. Quiero que me veas por quién soy antes de que nada, no solo un rostro.
Santiago se quedó un rato mirándola. Empezaba a comprender. Tal vez ella quería asegurarse de no ser juzgada por su apariencia. Era algo extraño, pero dentro de lo complicado de su situación parecía tener sentido. “Me encantaría conocer más de ti”, admitió con un tono más amable. “Y no me refiero solo a tu cara.” Ella se levantó llevándose el libro en la mano.
Tienes más de mí de lo que crees, pero todavía nos falta camino por recorrer. Entonces se marchó dejándolo con una mezcla de curiosidad y algo muy parecido a la esperanza. Los rumores sobre la esposa de Santiago no cesaban. Muchos empleados oían historias rocambolescas y las compartían en voz baja cuando creían que nadie los escuchaba.
Había quienes aseguraban que Valeria era una princesa extranjera o alguien con una marca terrible. Otros decían que quizás tenía una identidad diferente y usaba el velo para protegerse. Mientras tanto, Santiago descubría poco a poco que la presencia de Valeria en la mansión era como un bálsamo para el personal. La señora que cocinaba parecía feliz cuando Valeria probaba sus nuevos postres y le daba retroalimentación.
El jardinero decía que nunca había visto a alguien tan respetuosa con su trabajo. Era una extraña combinación de autoridad tranquila y humildad. Un día, mientras revisaba unos papeles en la oficina, Santiago sintió un extraño impulso de pedirle consejo a Valeria sobre un nuevo proyecto que le preocupaba.
¿Por qué no?, murmuró para sí mismo. Cogió el teléfono y pidió a uno de los empleados que la invitara a ir al despacho. A los pocos minutos, Valeria apareció, siempre con su velo, moviéndose con la misma elegancia de costumbre. ¿Me necesitas para algo en particular? Preguntó con un tono neutral. Sí. Bueno, Santiago señaló los documentos.
Estoy trabajando en la expansión de la empresa en el extranjero, pero hay un punto que no termino de comprender. Valeria se sentó frente a él y en silencio empezó a pasar las páginas. La tasa de impuestos en ese país es engañosa. Deberías mirar los acuerdos bilaterales que podrían beneficiarte. De lo contrario, el costo de importación se disparará. Santiago la miró sorprendido.
¿Cómo sabes tanto? Mi padre me enseñó desde pequeña a revisar cada cláusula. Nunca subestimes un papel. Puede parecer un montón de letras sin sentido, pero si las interpretas bien, puedes descubrir la clave del éxito o del fracaso. Él asintió. Es muy útil lo que dices. Gracias de nuevo.
Valeria se levantó con naturalidad, sujetando el velo para que no se atorara en la esquina del escritorio. Estoy para ayudarte siempre que necesites mi punto de vista. Cuando salió de la oficina, Santiago se quedó un rato pensativo, dándose cuenta de que empezaba a ver a Valeria de otra manera. No solo era una esposa impuesta, ni una figura misteriosa. Era alguien inteligente, con determinación y una forma de ver el mundo que le resultaba cada vez más interesante.
Aún así, el velo seguía siendo un recordatorio permanente de la distancia entre ellos. Aunque se sentía más a gusto compartiendo problemas e ideas, ella no daba indicios de querer mostrarse. Pero por primera vez, Santiago empezó a preguntarse si él mismo había sido quien más había juzgado esa barrera.
Los dos siguieron con sus rutinas. A veces compartían pequeñas charlas en la biblioteca o en el estudio y otras simplemente cada quien iba a sus asuntos. Sin embargo, en cada conversación se acortaba un poco la brecha de desconfianza. Santiago empezó a comprender que su matrimonio, aunque extraño, no tenía por qué ser un calvario si ambos lo manejaban con madurez.
Una tarde, Valeria buscó a Santiago para comentarle algo sobre su familia. Mi padre me dijo que pronto habrá una gala para celebrar los acuerdos que hemos concretado. Será en la finca de los Whitmen. Te avisó tu padre. No. Santiago hizo una mueca. Sí, me lo mencionó, pero no tenía muchas ganas de ir. Me cansan esas fiestas llenas de gente hipócrita.
Lo entiendo, respondió ella, pero es parte de nuestra nueva realidad. Tal vez debas hacer acto de presencia y demostrar que puedes ser buen socio. Santiago suspiró. Supongo que sí. ¿Tú vendrás conmigo? Valeria ladeó un poco la cabeza. Si quieres que te acompañe. Sí, mi familia espera que los dos vayamos juntos. Perfecto. Entonces ahí estaremos, aceptó él sin discutir más.
Durante los días previos a la gala, Santiago se sorprendió preparando un discurso breve sobre los avances de la empresa. Le emocionaba, aunque no lo admitiera, la idea de presentar la nueva etapa de su vida, sobre todo porque, en parte sus logros recientes se debían a los consejos de Valeria.
Otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra nieve. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. Cuando llegó la noche del evento, la finca Whtman estaba llena de luces y música. Gente elegante se paseaba con copas de champag celebrando el éxito de la fusión.
Santiago, vestido con un smoking, se sentía mejor de lo que esperaba. Miraba a su alrededor tratando de ubicar a Valeria. Ella apareció con un vestido de un suave tono crema, más sencillo que los atuendos de otras invitadas, pero con ese velo que seguía cubriendo su rostro. Aún así, se movía como si nada la avergonzara.
Santiago notó como algunos la señalaban susurrando cosas y eso le molestó. Se acercó y ofreció su brazo para que se apoyara en él. ¿Estás bien?, le preguntó en voz baja. Siempre, respondió ella con serenidad. Estoy acostumbrada a las miradas curiosas. Un rato después, Santiago dio un breve discurso agradeciendo la presencia de todos y resaltando los frutos de la unión de las familias. Cuando terminó, algunos de los presentes se acercaron para felicitarlo e indagar más sobre Valeria.
“¿De dónde sacaste a tu esposa?”, bromeó un joven empresario. Es muy reservada, ¿verdad? Santiago apretó la mandíbula sin perder la compostura. Ella prefiere la discreción. Lo que de verdad importa es su talento y su visión. Valeria, que estaba al lado, no dijo nada, pero se notaba que apreciaba la defensa de Santiago.
Tras unos minutos de charla, ella se excusó para dar una vuelta por el salón. Santiago se quedó observándola y por primera vez sintió un leve orgullo al verla desenvolverse tan segura. Cuando la fiesta iba llegando a su fin, ambos se despidieron y regresaron a casa en el mismo auto. Por el camino, Santiago manejaba mientras Valeria se mantenía en silencio, mirando por la ventana a través de su velo.
“Gracias por venir”, dijo él al fin. Sé que no es tu tipo de plan, pero tu presencia ayudó a que la gente me viera con más seriedad. Lo hice por los dos, respondió ella. No soy de fiestas, pero entendí que era importante para ti. Santiago sonrió levemente. Cuando no estás tan a la defensiva, es más fácil conocerte.
Ella no contestó, pero sus ojos grisáceos brillaron un instante bajo la tenue luz del coche. Era como si poco a poco se estuviera quitando un velo más profundo que el físico, mostrándole a Santiago que detrás de esa capa de misterio había una persona con sentimientos genuinos. Al llegar a la mansión, cada quien se dirigió a su habitación, pero había un nuevo aire entre ellos, una especie de calma que no existía al principio.
Santiago se dio cuenta de que sin querer deseaba saber más de Valeria y sus razones, no solo por curiosidad, sino porque empezaba a importarle de verdad. Sin embargo, la verdadera prueba de su relación llegaría pronto cuando las presiones, los rumores y las emociones reprimidas empezaran a chocar de frente.
Los días pasaban y de forma gradual dinámica entre Santiago y Valeria cambió. Ya no se evitaban ni se hablaban con resentimiento. Empezaron a sostener conversaciones cada vez más largas. A veces se sorprendían debatiendo sobre las finanzas de la empresa o hablando de cómo mejorar algunas áreas de la mansión. Valeria continuaba usando su velo.
Aún así, la gente notaba que la relación entre ella y Santiago era menos tensa. Un día, mientras revisaban un contrato juntos, Santiago hizo un comentario. Eres muy observadora. Si no fuera por ti, habría firmado un acuerdo con un vacío legal enorme. Ella cerró la carpeta con cuidado. No lo hago por interés propio. También es mi responsabilidad cuidar lo que hemos construido.
Hemos, preguntó Santiago alzando una ceja. Pensé que no te sentías parte de esto. Valeria se encogió ligeramente de hombros. Digamos que estoy aprendiendo a sentirme parte de tu mundo. Él sonrió de medio lado. Eso me parece bien. Y la verdad siento que yo también estoy aprendiendo a compartir el mío.
La tensión que antes lo separaba ahora parecía transformada en una curiosidad mutua. Sin embargo, todavía había un tema pendiente que flotaba en el aire, el velo de Valeria. Cada vez que él lo miraba, la pregunta surgía en su mente. ¿Cuándo estará lista para mostrar su rostro? Un anochecer, mientras Valeria leía en la biblioteca, Santiago decidió enfrentar el asunto con más calma que de costumbre. Se sentó en un sillón cercano y la observó durante unos instantes.
“Sé que has hablado de que quieres que te vea más allá de tu apariencia”, dijo con un tono apacible. Y creo que estoy empezando a hacerlo. Pero, ¿hay algo específico que te detenga para que pueda verte físicamente? Valeria se quedó en silencio, cerró el libro y dejó la mirada clavada en la portada. No es que te desprecie ni que no confíe en ti.
Sencillamente quería estar segura de que no me juzgarías basándote en como luzco. Santiago asintió. Entiendo tu punto, pero ya te he visto comportarte en decenas de situaciones. Sé que eres una persona íntegra, talentosa y amable. Ella soltó un leve suspiro. Aún así, hay mucha gente que juzga por la cara, la ropa o la apariencia.
Mi familia estaba cansada de que me vieran como un adorno y yo necesitaba apartarme de ese trato superficial. Santiago sintió un nudo en la garganta. Entonces, ¿creíste que yo sería otro más de esos que solo se fijan en lo externo? Al principio, sí, admitió. Y no te culpo. Este matrimonio no fue tu elección, así que era normal que te sintieras molesto.
Tenía que protegerme de la posibilidad de que todo se quedara en apariencias. Hubo un silencio. Santiago recordó como la juzgó cuando apenas la vio, creyendo que quizás se tapaba por tener algo que esconder. Pues tenías razón. Me enfoqué demasiado en lo que no veía en lugar de valorar lo que mostrabas cada día. Valeria se levantó y se acercó a él, aunque mantuvo el velo en su lugar.
Lo importante es que empiezas a entenderlo. Tengo que sentir que todo esto va más allá de un simple arreglo familiar. Santiago se puso de pie también, quedando frente a frente. Créeme, lo estoy comprendiendo. Eres más que un acuerdo. Eres mi compañera, mi socia. Ella alzó la mano enguantada, rozando el brazo de Santiago.
Gracias por intentarlo. Después de ese momento de sinceridad, su relación dio un paso más. Empezaron a cenar juntos con más frecuencia, a caminar por los jardines y a compartir anécdotas de su infancia. Valeria no contaba muchos detalles sobre su familia, pero sí dejaba ver pedacitos de su pasado.
Y Santiago, por su lado, narraba historias sobre su juventud, sus travesuras y cómo de pronto se vio obligado a llevar un negocio tan grande a tan corta edad. Mientras la cercanía crecía, también crecía la expectativa de la gente cercana por saber si Valeria se quitaría el velo en algún momento. Sus padres, los empleados, incluso los socios de la empresa, esperaban el día en que ella apareciera con el rostro descubierto.
La oportunidad llegó de forma inesperada en un evento que organizó la propia familia de Santiago para celebrar un importante logro de negocios. Se trataba de una gala en la mansión con invitados de alto nivel, música en vivo y todo el lujo que uno podía imaginar. La noche de la fiesta, Santiago estaba atento en la entrada, saludando a los nuevos inversionistas. De pronto, los murmullos se intensificaron y la gente comenzó a girar la cabeza hacia la parte alta de la escalera principal.
Cuando Santiago miró hacia allí, casi se quedó sin respiración. Valeria descendía los escalones con paso firme, sosteniendo un vestido de un intenso color verde. Pero lo que más impactó fue que por primera vez no llevaba el velo. Su rostro se mostraba al completo. Los pómulos delicados, la piel clara y los ojos grises, que siempre habían sido su rasgo más visible, ahora relucían con libertad. El murmullo en la sala se volvió un silencio cargado de asombro.
Mucha gente no podía creer que fuera la misma joven que durante tanto tiempo había mantenido el rostro oculto. Santiago, boque abierto, avanzó hasta quedar frente a ella al pie de la escalera. “Hola”, dijo Valeria con una pequeña sonrisa, notando su reacción. Sorprendido. Santiago tragó saliva y asintió.
Sorprendido y impresionado. Estás hermosa. Gracias. respondió ella con un leve rubor en las mejillas. Era hora de que la gente viera quién soy de verdad. Algunos de los presentes comenzaron a aplaudir de manera espontánea, no tanto por el cliché de un desenmascaramiento, sino por la valentía de Valeria y la evidente conexión que se sentía entre los dos.
Santiago le ofreció su brazo y caminaron juntos hacia el centro del salón. con elegancia, anunció, “Damas y caballeros, les presento a mi esposa.” La fiesta transcurrió con un ambiente de entusiasmo y comentarios positivos. Muchos se acercaban para decirle a Valeria lo guapa que era o para felicitarla por su decisión.
Otros se quedaban con la duda de por qué habría llevado el velo tanto tiempo, pero nadie se atrevía a hacer preguntas indiscretas delante de ella. Cerca del final de la velada, Santiago tomó el micrófono en una pequeña tarima dispuesto a dar un breve discurso de agradecimiento. Gracias a todos por acompañarnos esta noche.
Esta celebración no solo marca un gran paso en la empresa, sino también en mi vida personal. Durante mucho tiempo, algunos se preguntaron quién era la mujer que se mantenía tras un velo y hoy puedo decir que ella es la persona más inteligente, empática y fuerte que he conocido.
Me enorgullece caminar de su mano y enfrentar juntos cada reto que se presente. Valeria, emocionada, pero con su carácter firme, subió unos escalones para estar junto a él. Gracias por permitirme mostrarme a mi manera y a mi tiempo. Hoy confirmo que más que socios somos compañeros en cada sentido. La ovación fue sincera. Se respiraba una atmósfera de alegría y alivio.
Las personas que antes miraban a Valeria con desconfianza, ahora la veían como alguien segura y genuina. Cuando la fiesta terminó y todos los invitados se retiraron, se encontraron solos en el salón casi vacío. Solo quedaban algunos camareros recogiendo copas y platos. “¿Cómo te sientes?”, preguntó Santiago con una sonrisa amable mientras pasaba un brazo por los hombros de Valeria.
“Extrañamente libre”, respondió ella. Pensé que me sentiría más vulnerable, pero ha sido todo lo contrario. Ha sido liberador. Santiago le acarició la mejilla con suavidad. Me alegra que haya sido así. Supongo que al final ver más allá del velo significaba algo más profundo que solo una cuestión de apariencia. Sí, coincidió Valeria.
Significaba aprender a vernos el uno al otro sin prejuicios. Tras esa noche, la vida cotidiana cambió de manera natural. Valeria se involucró más abiertamente en los proyectos de la empresa. Sus padres y los padres de Santiago la respaldaban orgullosos. Aquella joven enigmática se había convertido, ante los ojos de todos en una mujer segura con un gran talento para los negocios.
La relación entre Santiago y Valeria siguió fortaleciéndose. Comenzaron a compartir rutinas más personales. A veces iban a cenar juntos a lugares discretos. Otras veces paseaban por la ciudad sin sentirse presionados. La confianza que habían construido les permitió hablar de temas que antes parecían imposibles.
Por ejemplo, cuando una vez discutieron la idea de formar una familia, Valeria confesó que le asustaba el peso de las expectativas. Santiago, en cambio, reconoció que en un principio nunca pensó que querría una familia si era un matrimonio forzado. Sin embargo, ahora entendía que las circunstancias habían cambiado gracias a lo que habían ido construyendo.
Un día, mientras revisaban los papeles de una expansión internacional, Santiago se quedó pensativo mirando las anotaciones que Valeria hacía en el margen. ¿Sabes? Jamás habría imaginado que terminaría compartiendo el negocio con mi esposa. Y no porque seas mujer, aclaró rápido, sino porque nunca pensé que fuera a confiar en alguien así de rápido.
Me sorprende cómo nos hemos complementado. Valeria sonrió sin apartar la vista de los papeles. A mí me parece lógico. Somos diferentes, pero nos equilibramos. Además, siempre me he sentido mejor trabajando en equipo que sola. Santiago asintió y le tomó la mano. Me alegra mucho que estés aquí. La confianza mutua se tradujo también en un mayor reconocimiento externo.
Aunque a algunos les costaba creer la transformación de ese matrimonio que comenzó como un arreglo, las evidencias de su sintonía eran claras, el negocio prosperaba y la pareja mostraba una complicidad genuina. Con el paso de los meses, Santiago se convirtió en una figura más empática, no solo con Valeria, sino con las personas que trabajaban para él.
Ella le enseñó que el respeto y la preocupación sincera por el otro podían llevar mucho más lejos que cualquier contrato o negociación agresiva. Uno de los momentos que marcó un antes y un después ocurrió en una reunión clave donde se firmaría un contrato enorme para expandir operaciones a otro país.
En esa sala llena de ejecutivos, Santiago comenzó a exponer los puntos fuertes de la empresa. Pero cuando llegó el turno de ciertos detalles, Valeria intervino con claridad y confianza, mostrando que comprendía aspectos que a la mayoría se les escapaban. Los inversionistas quedaron impresionados y el contrato se cerró.
Al final de esa reunión, mientras salían del edificio, Santiago se detuvo en las escaleras para abrazarla. Lo que acabas de hacer fue increíble. Nunca me había sentido tan apoyado. Tuve buenos maestros, respondió Valeria con humildad. Te admiro de verdad y no lo digo porque seamos pareja, lo digo porque eres una persona con mucho valor. Ella se sonrojó un poco. He aprendido también mucho de ti.
Puede que no hayas escogido este matrimonio al principio, pero decidiste comprometerte y abrir tu mente. Santiago rió levemente. Vaya cambio de actitudes de la noche que me enteré de la boda. Así es la vida, contestó Valeria. A veces necesitamos acudirnos las ideas preconcebidas para descubrir cosas que valen la pena.
La historia de ambos se fue afianzando a través de pequeños momentos como ese. Cada día la confianza crecía y esa unión que antes parecía un mero truco para fusionar familias y negocios se convertía en algo sólido, real y lleno de afecto mutuo. A medida que transcurrieron más meses, la sociedad que habían formado alcanzó nuevos hitos. abrieron otras sucursales, innovaron en diferentes mercados e incluso se dieron el lujo de poner en marcha un proyecto social que beneficiaba a la comunidad de la zona, algo que a Valeria siempre le había interesado. La familia de Valeria y la de Santiago se reunieron nuevamente en la mansión para celebrar los resultados
obtenidos. Al entrar en la sala principal, los padres de Santiago se acercaron para abrazarlos. Estamos muy orgullosos de ustedes”, dijo la madre con una sonrisa sincera. “Han demostrado que cuando hay respeto y colaboración todo es posible.” El padre de Valeria también expresó su alegría.
Sabía que mi hija era capaz de grandes cosas y me alegra que tenga a su lado a alguien que lo valore. Hubo brindis, risas y un ambiente festivo que se sentía auténtico, no como aquel primer día en que todos fingían sonrisas forzadas para disimular la atención del matrimonio arreglado. Ahora todos celebraban una realidad mucho más genuina.
Al finalizar la reunión, Santiago y Valeria se quedaron mirando el salón vacío, recordando el inicio de todo. Él tomó la mano de ella y, sin dudarlo, dijo, “Qué giro tan grande dimos. No pasamos de detestarnos a querernos.” Valeria apretó suavemente su mano. A veces los caminos más inesperados llevan a los mejores destinos.
Gracias por darme la oportunidad de conocerte de verdad”, agregó Santiago, alzando la mirada hasta cruzarse con esos ojos grises que tanto le intrigaron. “Y por no rendirte conmigo.” Ella le acarició la mejilla. “Gracias a ti por ver más allá y por acompañarme en cada paso.” La vida siguió su curso y ambos continuaron cosechando éxitos y aprendiendo cada día.
Lo que empezó como una imposición se convirtió en una historia en la que se valoraba la esencia de la otra persona, más allá de apariencias o prejuicios. Al final, Santiago comprendió que el velo de Valeria era un símbolo de algo más grande, la necesidad de sentirse respetada y reconocida por su auténtico valor, no solo por su cara o su linaje. Y cuando ella decidió quitárselo, ya no importaba tanto ese acto en sí, sino el hecho de que habían crecido juntos hasta ese punto. El mensaje que quedaba era claro.
Uno puede pasar por situaciones que no elige, pero si se mantiene la apertura, la empatía y la voluntad de comprender, puede brotar algo mucho más valioso que una simple relación forzada. Y así, con la fortuna de haber encontrado un camino compartido, Santiago y Valeria construyeron una vida basada en la confianza, la colaboración y el afecto genuino. Gracias por acompañarnos en esta historia.
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