Atrapada en una suite hotel con el CEO Una sola cama sin salida. Antes de empezar, comenta a continuación la ciudad desde la que estás viendo el video. Disfruta la historia. El rugido de los motores del avión se mezclaba con el fuerte viento que azotaba por fuera, pero no fue suficiente para apagar el anuncio que se iluminó en la cabina de primera clase.
Señoras y señores, debido a una tormenta de gran intensidad, el piloto realizará un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto más cercano. Les pedimos mantener la calma y seguir las instrucciones. Sentado en uno de los asientos de la primera fila, Alejandro Morel, de 35 años sostenía con firmeza su vaso de whisky.
Ni siquiera alzó la vista de su tableta, donde revisaba los planos de un nuevo complejo inmobiliario millonario en construcción cerca de Marsella. Un aterrizaje de emergencia, murmuró con tono frío. No tengo tiempo para esto. Alejandro era el CEO de Moral and Rens, una de las empresas más grandes en el mercado inmobiliario en Europa. Para él, cada segundo contaba. El dinero era poder y el poder lo era todo.
Desde que perdió a su esposa y a su hijo 5 años atrás en un ataque que había sido dirigido directamente a él, se prometió no volver a involucrarse emocionalmente con nadie. Desde entonces, su corazón era como piedra. Para él, esta tormenta era solo otro obstáculo que eliminar, sin drama, sin distracciones. Pero unas filas más atrás, en clase económica, alguien no pensaba igual.
Ana Torres agarraba con fuerza su mochila vieja. El avión se sacudía con fuerza y sus manos temblaban. A sus 29 años era una madre soltera que trabajaba día y noche para sacar adelante a su hijo Gabriel de 6 años. En las mañanas servía café, en las tardes repartía pedidos y por la noche limpiaba oficinas. A pesar de todo, siempre tenía una sonrisa para ofrecer.
Mientras Gabriel esté bien, se repetía a sí misma, mirando por la ventana como un rayo iluminaba el cielo oscuro. El viaje no había sido su idea. La empresa de mensajería para la que trabajaba le ofreció el doble de pagas y podía cubrir una entrega urgente en un pequeño pueblo francés antes del fin de semana. Aceptó sin pensarlo mucho, dejando a Gabriel con su vecina, la señora Margot.
Pero ahora con el avión agitándose violentamente, deseaban no haber aceptado. El aterrizaje fue brusco. Las ruedas chirriaron al tocar la pista, sacudiendo todo a su paso. Alejandro maldijo cuando el whisky se derramó sobre su traje, secándose con fastidio.
“Genial”, susurró entre dientes, observando por la ventanilla. Alejandro se levantó de inmediato, agarró su maleta y salió del avión como si nada lo afectara. marcó el número de su chóer, pero la llamada no se completaba. Finalmente, una voz temblorosa contestó, “Lo siento, señor, las carreteras están inundadas. No puedo llegar. Inútil”, gruñó Alejandro.
Se acercó a un empleado del aeropuerto con paso decidido. “¿Dónde hay un hotel cerca?” A dos calles de aquí hay una posada, respondió el joven nervioso. Pero no sé si tengan habitaciones disponibles. En ese mismo momento, Ana bajaba del avión, empapada con su chaqueta delgada y la mochila colgándole de un solo hombro.
No tenía coche ni chóer, solo unas zapatillas viejas y la urgencia de volver con Gabriel. Escuchó lo de la posada y caminó en esa dirección, sin saber que Alejandro iba delante de ella. La tormenta azotaba con fuerza. Árboles caídos bloqueaban partes de la calle y el agua corría como un río por las aceras.
Alejandro caminaba rápido, sin molestarse en cubrirse. Su traje empapado pegado al cuerpo, pero no le importaba. Ana, detrás de él apenas podía avanzar, sosteniendo su mochila como si fuera su salvavidas. Ambos llegaron al mismo tiempo a una pequeña posada. El letrero decía Ubergeurrepos parpadeando débilmente bajo la lluvia. Era un edificio viejo, pero se veía limpio.
Desde la entrada se sentía el olor a madera mojada. Alejandro entró primero. Deme una habitación. Ya. La recepcionista, una mujer de unos 50 años con el pelo recogido en un moño descuidado, lo miró de arriba a abajo. Luego a Ana, que venía detrás. se encogió de hombros. Solo queda una habitación, cama doble, un sofá pequeño. Si quieren pueden compartir. Con esta tormenta nadie va a salir.
Alejandro frunció el ceño y se giró hacia Ana, viéndola por primera vez. Era menuda. Tenía la ropa pegada al cuerpo por la lluvia y los ojos grandes, cansados pero brillantes. No voy a compartir habitación con ella. Ana lo miró de vuelta limpiándose la cara con la manga.
Y yo tampoco quiero estar contigo, pero dudo que la tormenta se preocupe por lo que opinemos. Él la observó unos segundos, luego se giró hacia la recepcionista. Busque otra solución. No hay otra. Las calles están intransitables. Tome la habitación o pase la noche bajo la lluvia. Un trueno sacudió las ventanas. Alejandro apretó los dientes. No tenía más opción.
Sacó su tarjeta de crédito y la dejó sobre el mostrador. Bien, pero yo duermo en la cama. Ana suspiró. Pensó en Gabriel, en lo importante que era volver a casa pronto. No valía la pena discutir por una cama. Está bien, solo necesito estar seca. La habitación era pequeña, una cama doble con una colcha vieja, un sofá manchado y una mesa de madera con una lámpara de aceite.
La luz parpadeaba como si fuera a apagarse en cualquier momento. Alejandro dejó su maleta junto al sofá y se sentó con gesto de desprecio. Esto es un agujero. No pienso quedarme mucho tiempo aquí contigo. Ana dejó su mochila en una esquina y se sentó en el suelo sacando su teléfono. Basura o no, al menos no estamos afuera.
Y solo porque si sí o no, significa que te tenga miedo. Soy madre soltera, he pasado por peores. Alejandro la miró sorprendido. Su voz no temblaba, no parecía intimidada ni débil. Estaba acostumbrado a que la gente lo obedeciera sin chistar. Ella era diferente. “Hablas demasiado”, murmuró él. Pero entonces una ráfaga de viento golpeó la ventana con tanta fuerza que parecía que se iba a romper.
Los dos se quedaron en silencio. Ana llamó a su vecina preocupada. “Señora Margot, ¿está Gabriel bien?” “No voy a poder volver esta noche.” La señal iba y venía. Apenas pudo escuchar una respuesta, pero fue suficiente para tranquilizarla. Alejandro la escuchaba sin decir nada.
Había alcanzado a oír el nombre del niño. Se acomodó en el sofá, sacó su portátil, aunque sabía que no había señal ni batería suficiente, solo quería distraerse. Ambos quedaron en silencio. La lluvia golpeaba el techo con fuerza. Una noche inesperada los había obligado a compartir un lugar que ninguno quería, pero esa noche, sin saberlo, cambiaría sus vidas para siempre.
La noche avanzaba lenta en esa pequeña habitación, apenas iluminada por la débil llama de la lámpara de aceite que temblaba sobre la mesa de madera. Afuera la tormenta no daba tregua. La lluvia golpeaba los cristales como si quisiera abrirse paso mientras el viento aullaba como un animal salvaje.
El viejo cableado del lugar no soportó más y la luz eléctrica se fue por completo. La oscuridad envolvió el cuarto con un silencio incómodo, solo interrumpido por los ruidos de la tormenta. Alejandro seguía en el sofá con el ceño fruncido, el cuerpo incómodo por la rigidez del asiento y la ropa todavía húmeda.
A pesar de todo, se esforzaba por mantener la apariencia fría que lo caracterizaba. Ana, en cambio, seguía inquieta, caminando de un lado a otro intentando encontrar señal en su celular. Se notaba agotada, pero no dejaba de moverse. “Señora Margot, ¿puede escucharme?”, preguntó una y otra vez con la voz temblorosa. La señal venía y se iba. Por fin, una voz apenas audible contestó.
Gabriel, está bien, no te preocupes. Pero un trueno fuerte sacudió el edificio y el teléfono se le cayó de las manos. Ana se agachó rápidamente para recogerlo y lo abrazó contra su pecho como si fuera un amuleto. Mientras él esté bien, susurró. Alejandro la observaba con molestia. ¿Puedes hacer menos ruido? Algunos estamos intentando pensar.
Ana se giró hacia él con el cabello mojado pegado al rostro, sin una pisca de temor en su expresión. Estoy preocupada por mi hijo. ¿Te molesta? Alejandro abrió la boca para responder con su tono sarcástico habitual, pero algo en la mirada de ella lo detuvo. Era una mezcla de miedo, amor y agobio. Cerró la boca de nuevo y desvió la vista. Ana caminó hasta la mesa y agarró un vaso con agua.
La luz de la lámpara apenas permitía ver y no notó que una de las patas del sofá sobresalía. Tropezó ligeramente y sin querer derramó el agua sobre los zapatos de Alejandro. Pero, ¿qué? ¿Sabes cuánto cuestan estos zapatos? Son italianos, hechos a medida. Ana se encogió de hombros mientras recogía el vaso con calma.
No, pero el agua es gratis, así que no pasa nada. El tono irónico en su voz fue lo que más le molestó a Alejandro. La miró con los ojos entrecerrados, como si no pudiera creer que alguien como ella se atreviera a responderle así. Sin embargo, no dijo más.
Se limpió los zapatos como pudo y se acomodó de nuevo en el sofá en silencio. Ana tapó su boca con la mano para no reír. En medio de la tormenta y de toda esa incomodidad, acababa de conseguir una pequeña victoria. Una parte de ella lo disfrutaba. Pasaron varios minutos sin hablar. Ana se sentó en el suelo abrazando sus rodillas mientras que Alejandro miraba al techo sin realmente ver nada.
Finalmente, él rompió el silencio. “Tienes un hijo”, dijo sin emoción. “¿Qué edad tiene?” Ana lo miró sorprendida de que él se interesara en algo. Gabriel tiene seis. Es mi mundo. Sonrió al mencionarlo. Una sonrisa que iluminó su rostro pese al cansancio. Alejandro asintió levemente.
No dijo nada más, pero el nombre del niño lo removió por dentro. Gabriel tenía la misma edad que su hijo Hugo cuando lo perdió. La herida que nunca cerró. Ana continuó hablando sin darse cuenta del silencio pesado de Alejandro. Es un terremoto. Ayer dibujó con marcador en toda la pared de la señora Margot.
Me pasé una hora pidiéndole disculpas, pero no me importa. Él es la razón por la que me levanto todos los días. hizo una pausa. Su voz bajó el tono. Una vez lloré porque no me alcanzó para comprarle leche. Le dije que la tienda no tenía, pero él solo sonrió y me dijo, “No importa, mami. Me gusta más el agua.” Una lágrima le recorrió la mejilla, pero se la secó con rapidez.
“Supongo que es tonto, ¿no?” Alejandro la miraba fijamente. Su expresión no era la misma. Ya no tenía esa frialdad de siempre. Por un instante, su mirada parecía perdida en otro tiempo. No es tonto dijo con voz baja. Ana lo observó, pero no quiso interrogarlo. Intuía que algo dentro de él se removía. Después de un largo silencio, Alejandro murmuró, “Yo también tuve un hijo, pero no fui capaz de protegerlo.
” Las palabras se escaparon de su boca como un secreto demasiado tiempo guardado. Ana no respondió, solo lo miró con ojos suaves, sin presionarlo. No necesitaba saber los detalles. Entendía ese tipo de dolor. La lámpara titiló una vez más y luego se apagó por completo. La oscuridad los envolvió.
Ana buscó a tientas la caja de cerilla sobre la mesa, pero en su torpeza sus dedos rozon los de Alejandro. Fue un contacto breve, casi imperceptible, pero ambos lo sintieron. “Perdón”, dijo ella con un sobresalto. Él no respondió. En la oscuridad solo se escuchaba el sonido de la tormenta y el golpeteo de sus corazones. Ana encendió una cerilla.
La pequeña llama iluminó su rostro cansado pero firme. “Al menos estamos vivos”, dijo con una media sonrisa. Alejandro no dijo nada, solo la observó en silencio con una mirada que ya no era fría, sino llena de algo que no se atrevía a nombrar. El amanecer llegó sin prisa, colándose tímidamente por la ventana empañada de la pequeña habitación de la posada.
El sonido de la lluvia se había calmado, ahora reducido un goteo suave sobre el tejado. La tormenta había pasado, pero el aire aún estaba impregnado de humedad. Ana fue la primera en levantarse. Se estiró lentamente, adolorida por haber dormido en el suelo, con la espalda pegada a la pared y la mochila como almohada.
Se talló los ojos y fue hasta la pequeña ventana, empujando la cortina de tela raída. El cielo estaba gris, pero ya no se veía tan amenazante. Alejandro también había dormido poco. El sofá era incómodo y sus pensamientos no lo dejaron en paz. Aún así, mantenía la compostura como si el cansancio no lo afectara.
Se puso de pie, se arregló el cuello de la camisa empapada del día anterior y fue directo al baño sin dirigirle palabra a Ana. Ella suspiró. No esperaba agradecimientos ni buenas mañanas, pero después de lo vivido en la noche, al menos una mínima cortesía no le habría venido mal. A los pocos minutos, Alejandro salió y dijo sin mirarla, “Voy a salir. Quiero encontrar la manera de volver a Leon lo antes posible.
Suerte con eso,”, respondió Ana mientras enrollaba su sudadera mojada para que escurriera el exceso de agua. No creo que el transporte público esté funcionando. Él no contestó, simplemente se ajustó la chaqueta y salió del cuarto. La posada aún olía a humedad. Ana bajó a recepción para ver si podía conseguir un café caliente.
La misma recepcionista de la noche anterior estaba detrás del mostrador con el moño aún más desordenado. “Café, preguntó Ana con una sonrisa esperanzada. Una taza, pero está cargado como para espantar el sueño de una semana”, respondió la mujer colocándole un vaso de papel en la barra. Ana agradeció y se sentó en una de las sillas de madera junto a la ventana.
Observaba como la calle principal todavía tenía charcos grandes y ramas caídas por todos lados. A lo lejos vio a Alejandro hablando por teléfono con gesto frustrado. Parecía que todavía no lograba salir de allí. Después de terminar su café, regresó a la habitación donde se puso a recoger sus cosas.
No tenía mucho, una muda de ropa, su cargador, un cuaderno con apuntes de trabajo y una foto de Gabriel que siempre llevaba en el fondo de la mochila. Un par de horas después, Alejandro regresó. Nada, ni taxis, ni autobuses, ni coches de alquiler. Ya te lo había dicho dijo Ana sin levantar la vista. El aeropuerto sigue cerrado, las carreteras también.
Bienvenido a la vida real. Él frunció el ceño, pero no dijo nada. Se dejó caer en el borde de la cama, respirando con pesadez. “Siempre eres así de borde con todos”, preguntó Ana mientras doblaba su ropa. Alejandro la miró con los ojos entrecerrados. “¿Y tú siempre tienes un comentario para todo? Solo cuando alguien me trata como si no existiera”, replicó ella. Anoche hablamos de cosas personales.
Pensé que no sé que al menos hoy podría ser un poco más humano. El silencio cayó de golpe en la habitación. Alejandro desvió la mirada incómodo. No sabía qué responder. Nunca había tenido que justificar su forma de ser con nadie. Pero había algo en Ana que lo desarmaba sin siquiera intentarlo.
No estoy acostumbrado a esto admitió al fin. ¿A qué? Preguntó ella cruzando los brazos. A hablar, a confiar, a compartir espacio con alguien que no busca nada de mí. Ana se acercó sin perder la expresión seria. No todos quieren tu dinero, Alejandro. Hay quienes solo quieren dormir sin mojarse y asegurarse de que su hijo esté bien.
Él la miró a los ojos y por un segundo su fachada se rompió. Iba a decir algo más, pero un golpe en la puerta los interrumpió. Era la recepcionista. Una camioneta de rescate de la ciudad ha llegado. Está llevando a los pasajeros al centro comunitario donde hay generadores y comida caliente. Gracias, dijo Ana aliviada. Ambos recogieron sus cosas.
Alejandro llevaba su maleta en silencio mientras Ana se aseguraba de no olvidar nada, especialmente la foto de Gabriel. La calle estaba llena de gente mojada, cansada y con caras de preocupación. Subieron a la parte trasera de la camioneta junto a otros pasajeros. No hablaron durante el trayecto. La tensión era palpable.
Al llegar al centro comunitario fueron recibidos por voluntarios que ofrecían mantas secas, bebidas calientes y comida. Era un edificio viejo pero sólido, con techos altos y olor a sopa caliente. Ana se sentó en una esquina con una taza de caldo entre las manos. Alejandro se quedó de pie observando todo con una mezcla de incomodidad y desconcierto.
No pertenecía a ese lugar ni a esa gente. Él lo sabía y todos lo sabían. Pero por alguna razón sus ojos seguían buscando a Ana entre la multitud. Finalmente se acercó y se sentó a su lado. “¿Tu hijo está bien?”, preguntó en voz baja. Ana asintió. Hablé con la señora Margot esta mañana. Dijo que se portó bien. Se quedó dormido viendo dibujos animados. Debe ser difícil estar lejos de él.
Lo es, pero hago lo que tengo que hacer. Como todas las madres. Alejandro la observó en silencio. No conozco a muchas personas que hablen con tanta seguridad. Tampoco conozco a muchos empresarios que se queden atrapados en una posada compartiendo habitación con una madre soltera. Se miraron por un segundo y esta vez hubo una pequeña chispa de complicidad.
No una sonrisa completa, pero sí un inicio de entendimiento. Después de un rato, un voluntario se acercó a Alejandro. Señor Morel, hay un vehículo del ayuntamiento disponible. puede llevarlo a la estación de tren más cercana si quiere regresar a León. “Gracias”, dijo él, pero no se levantó de inmediato. Ana no dijo nada, solo lo miró esperando su decisión.
Alejandro se quedó pensativo, luego se puso de pie lentamente. “¿Y tú vas a volver hoy?” “Sí, voy a tomar el mismo transporte. Me dejarán en el cruce cerca de mi barrio. ¿Quieres que te lleven hasta la puerta? Puedo llegar sola, respondió con firmeza. Pero gracias. Alejandro asintió. Por primera vez en años sintió que quería decir algo más, pero no sabía cómo.
Subieron al vehículo juntos, esta vez en silencio, pero no con la misma incomodidad que antes. Era una especie de pausa, como si algo estuviera a punto de empezar, aunque ninguno de los dos lo supiera todavía. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra manzana en la sección de comentarios. Solo quien llegó hasta aquí lo entenderá.
Continuemos con la historia. El camino de regreso al pueblo fue largo, pero mucho más tranquilo que la noche anterior. La lluvia había disminuido y el cielo comenzaba a despejarse, dejando asomar pequeños parches de azul entre las nubes grises. El aire todavía olía a tierra mojada y el silencio dentro del vehículo era apenas interrumpido por el murmullo del motor y la ocasional interferencia de la radio.
Ana iba sentada junto a la ventana, observando los campos y casas antiguas que aparecían a los costados. Su mente estaba en otra parte. Pensaba en Gabriel, en cómo estaría, si habría dormido bien, si ya había comido algo. Sentía un nudo en el estómago, esa sensación de culpa inevitable por haber estado lejos. Alejandro, por su parte, permanecía serio, con los brazos cruzados y la mirada perdida.
No era solo el cansancio o el viaje forzado, sino el peso de algo más profundo. Las palabras de Ana aún le daban vueltas en la cabeza. No todos quieren tu dinero. Esa frase lo había descolocado más que cualquier negociación empresarial. Al llegar al centro del pueblo, el conductor se detuvo frente a una vieja parada de autobuses.
“Señorita, este es el cruce que usted me indicó.” dijo mirando a Ana a través del retrovisor. “Gracias”, respondió recogiendo su mochila. Alejandro también se movió. “¿Dónde vas?” “De aquí puedo caminar”, dijo ella, bajando sin esperar más conversación. Alejandro dudó unos segundos, pero terminó bajando también. El conductor le preguntó si estaba seguro, pero él solo respondió con un gesto.
“¿Estás en serio? preguntó Ana volteando. Pensé que ibas a tomar el tren. Cambié de opinión. Ana lo miró como quien no entiende si lo que escucha es una broma o una trampa. ¿Por qué? Porque quiero asegurarme de que llegues bien. Es lo mínimo. No necesito ni guardaespaldas ni favores respondió Tajante echándose la mochila al hombro.
No es eso dijo él con calma. No es por ti, es por mí. Necesito caminar un poco. Ana resopló. A pesar de lo extraño de todo, no discutió más. Caminó sin decir una palabra. Alejandro la siguió unos pasos detrás. El camino hacia su casa era estrecho, bordeado por árboles y viejas casas de piedra. Pasaron por un parque infantil cubierto de hojas y por una pequeña panadería aún cerrada.
Al llegar a la modesta vivienda de Ana, una estructura de dos plantas con la pintura desconchada y una cerca metálica oxidada, ella se detuvo. “Ya llegamos”, dijo secjo. Miró la casa. No era grande ni bonita, pero había algo en ella que se sentía cálido, auténtico.
Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió y un niño pequeño salió corriendo. Mamá. Ana se agachó justo tiempo para recibir el abrazo de Gabriel, que se lanzó directo a sus brazos. “¡Mi amor”, exclamó ella con los ojos llenos de alivio. “¿Te portaste bien?” “Sí.” La señora Margot me dejó ver dibujos y me hizo chocolate caliente. “¿Ya terminaste tu trabajo?” “Sí, cielo, “ya.
” Gabriel la abrazaba con fuerza con la cara escondida en su cuello. Alejandro observaba la escena con una extraña sensación en el pecho. Era como mirar algo que pertenecía a otro mundo, uno del que él se había mantenido alejado por mucho tiempo. El niño levantó la cabeza y lo miró. ¿Y el quién es? Ana lo miró también, como esperando que Alejandro dijera algo.
“Solo soy un amigo de tu mamá”, respondió él sin saber muy bien por qué esas palabras le costaban tanto. ¿Tienes coche de superhéroes?, preguntó Gabriel con total seriedad. Eh, no, pero tengo uno que va bastante rápido. Gabriel lo observó con atención, luego dijo, “Pareces un superhéroe. Como los que se mojan pero no se enojan. Ana se echó a reír.
Gabriel, ¿qué lo digo en serio? Respondió el niño con una sonrisa de dientes chuecos. Alejandro no pudo evitar sonreír también, aunque lo hizo con discreción. “Ya es suficiente, campeón”, dijo Ana levantándose. Vamos a entrar. Él viene también, “No, cielo, él ya se va.” Gabriel hizo un puchero, pero no protestó.
Corrió dentro de la casa gritando algo sobre mostrarle su dibujo a la señora Margot. Ana se quedó en la puerta con la mochila colgando del hombro y la mirada fija en Alejandro. Gracias por acompañarme. Pero ya puedes irte. Claro, respondió él haciendo una pausa. ¿Puedo? ¿Puedo pasar en otro momento? Ana lo miró con sorpresa.
¿A qué? A ver si todavía vivimos aquí, ¿no? A ver si necesitas algo. No necesito nada, Alejandro, dijo ella, pero sin dureza. Pero si algún día traes un coche de superhéroes, Gabriel seguro te abre la puerta. Él asintió con una sonrisa breve y dio media vuelta. Cuando se alejó por la calle, Ana lo observó durante un largo rato. No entendía qué estaba pasando exactamente con ese hombre, pero algo en él había cambiado.
No sabía si confiar o no, pero sí sabía que ya no le era indiferente. Pasaron varios días. Ana volvió a su rutina. Trabajar por la mañana en la cafetería, repartir por la tarde, limpiar oficinas por la noche. Gabriel volvió a la escuela. La vida seguía su curso, pero algo dentro de Ana se había movido.
Y entonces, un martes por la tarde, mientras Ana llenaba un formulario en la oficina de una constructora donde había conseguido trabajo temporal como asistente administrativa, alguien entró por la puerta principal. Ella no levantó la vista de inmediato, ocupada organizando papeles, pero sintió que el ambiente se ponía tenso.
Un silencio incómodo se apoderó de la sala y varias personas se enderezaron en sus sillas. “¿Todos tienen el informe de Progreso?”, dijo una voz profunda y firme. Ana alzó la vista, su corazón dio un vuelco. Ahí estaba él. Traje oscuro, reloj caro, la misma postura elegante y distante de siempre. Alejandro Morel no podía creerlo. ¿Qué hacía allí? Él no la vio de inmediato.
Estaba enfocado en su carpeta, pero cuando Ana se acercó a dejar un grupo de documentos sobre la mesa, sus miradas se cruzaron. “Tú”, dijo él con una mezcla de sorpresa y confusión. Parece que el destino no tiene sentido del humor”, respondió ella, dejando los papeles sobre la mesa con gesto tranquilo.
“¿Trabajas aquí?” “Trabajo donde puedo”, dijo cruzándose de brazos. “¿Y tú vienes a salvar el día?” “Es mi proyecto”, dijo él sin poder ocultar el desconcierto. “Yo financio esta construcción. Qué bonito. ¿Vas a construir casas para gente como yo? Él se quedó en silencio. Varios empleados intercambiaron miradas sin saber si debían irse o quedarse.
“Necesito hablar contigo”, dijo Alejandro en voz baja, “ya más cerca. Habla”, respondió Ana. “Aquí estoy en privado. No tengo tiempo para charlas privadas, Alejandro. Si quieres decir algo, dilo ahora. Hubo una pausa larga. Él tragó saliva. No pensé que volvería a verte. Y sin embargo, aquí estás, dijo ella mirando su reloj. Qué ironía.
Gabriel irrumpió entonces en la sala con su mochila mal puesta y los zapatos desabrochados. “Mamá, ¿qué haces aquí?”, preguntó Ana sorprendida. La señora Margot tuvo que irse. Me vine solo. Caminé despacito. Gabriel se acercó corriendo a ella, pero al ver a Alejandro lo reconoció de inmediato. Tú eres el del hotel.
Todos los presentes se quedaron quietos. ¿Qué hotel?, preguntó alguien al fondo. Gabriel no se detuvo. Sí, tú eres el que parecía un superhéroe. Ahora sí trajiste el coche que vuela. La expresión de Alejandro se suavizó. Miró al niño, luego a Ana. Esta vez no dijo nada, solo se agachó, extendió una mano y dijo con una sonrisa genuina, “Lo dejé estacionado en la nube más cercana.” Gabriel se rió con fuerza y se lanzó a abrazarlo.
Alejandro, sin saber cómo reaccionar al principio, terminó rodeándolo con ambos brazos. Ana los observó sin saber si reír o llorar. La escena dejó a todos en la sala boquia abiertos. Alejandro, el empresario implacable, el tipo de hombre que despedía a alguien por llegar 5 minutos tarde, estaba arrodillado frente a un niño, abrazándolo con una sonrisa que nadie en esa oficina habría imaginado que pudiera dar.
Gabriel, por su parte, se soltó del abrazo solo para mostrarle un dibujo que había hecho en clase. Un superhéroe con un traje azul, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Mira, ¿eres tú? dijo con entusiasmo. Alejandro tomó el papel con torpeza, observando los trazos desordenados, pero llenos de color. No sabía muy bien qué decir. “Me veo, imponente”, murmuró. “¿Y tienes poderes de oficina?”, añadió Gabriel dando vueltas a su alrededor.
“¿Puedes hacer contratos con rayos láser?” Ana se llevó una mano al rostro entre divertida y desconcertada. Gabriel, cariño, deja tranquilo al señor Morel. Está trabajando, pero él me prometió una historia, replicó el niño inflando las mejillas. Lo hará otro día, ¿vale? Gabriel bajó la mirada y asintió con resignación, pero se notaba que esperaba más.
Alejandro le pasó una mano por el cabello de manera torpe, sin experiencia, pero con una calidez que le sorprendió incluso a él mismo. Te debo una historia, pequeño. Te la contaré, lo prometo. Gabriel sonrió con ese brillo inocente que le iluminaba el rostro y salió de la sala dando pequeños saltitos satisfecho. Los empleados seguían en silencio.
Uno de ellos carraspeó y preguntó, “¿Reanudamos la reunión? Sí, respondió Alejandro, enderezándose y recuperando su tono firme. Sigamos con el reporte de avance. Ana se retiró a su escritorio con la cabeza llena de pensamientos y emociones mezcladas. No entendía qué estaba pasando exactamente con Alejandro, pero lo que sí tenía claro era que no era el mismo hombre que conoció en la tormenta.
Los días siguientes fueron extraños. Alejandro empezó a aparecer más seguido en la obra con el pretexto de supervisar personalmente los avances, pero todos sabían que no era por eso. A veces se quedaba más de lo necesario, dando vueltas sin rumbo, claro, con una taza de café que ni siquiera tomaba.
Y siempre, al terminar la jornada buscaba a Ana. A veces era para hacerle una pregunta banal, a veces para dejarle un comentario sin sentido, solo por entablar conversación. Siempre llevas el cabello recogido así. ¿Qué te importa? No es una crítica. Solo lo noté. Pues guárdate tus observaciones. Pero ella tampoco lo evitaba.
Y cuando Gabriel estaba cerca, Alejandro parecía convertirse en una versión mucho más humana de sí mismo. Jugaba, respondía preguntas absurdas y, sobre todo, sonreía. Una tarde, Gabriel se acercó con una hoja y le dijo, “Ahora dibujé tu coche. Es invisible, pero muy rápido.” Alejandro se agachó con cuidado para ver el dibujo. Tiene alerones y todo.
Y yo manejo eso. Sí, eres el jefe de los superhéroes. Todos los demás te hacen caso. Ana observaba desde la puerta con una mezcla de asombro y ternura. No podía negar que algo en Alejandro había cambiado. Su frialdad habitual se suavizaba con cada risa de Gabriel y sus ojos, esos ojos siempre severos, ahora se llenaban de algo más, de nostalgia, de cariño, de vida. Pero no todo era tranquilidad.
Una mañana, Ana escuchó una conversación incómoda en la sala del café de la oficina. Dos trabajadores hablaban en voz baja, sin saber que ella estaba cerca. Dicen que el jefe anda muy cercano con la asistente esa, la que tiene el crío, la del turno medio. Ana, sí, que hasta el niño le dice tío y todo.
¿Y ella qué pretende? Casarse con él. Ana se quedó congelada. No era la primera vez que sentía miradas, pero escucharlo con tanta crudeza le dolió. Salió de la oficina sin decir nada, intentando no mostrar lo que sentía. Pero por dentro la rabia y la vergüenza le quemaban el pecho.
Más tarde, ese mismo día, se cruzó con Alejandro cuando él salía de una reunión. Él notó su expresión de inmediato. ¿Estás bien? ¿Por qué estás aquí todos los días? Preguntó ella de forma directa. ¿Qué? ¿Por qué vuelves? ¿Por cortesía, por aburrimiento o porque te gusta sentir que haces una obra de caridad? Él frunció el seño, confundido. No entiendo. No quiero que la gente empiece a decir cosas.
No quiero que piensen que estoy detrás de ti por interés. No soy así, Alejandro. ¿Quién dijo algo? Eso no importa. Solo mantén tu distancia. Sí. Alejandro la miró fijamente. Su mirada se oscureció por un instante, pero no de enojo, sino de algo más parecido al dolor. Si alguien te faltó el respeto, no quiero que salgas a defenderme. No soy tu responsabilidad. Y se fue sin esperar respuesta.
Pasaron dos días sin que él apareciera en la oficina. Ana lo notó, aunque no dijo nada. Gabriel también lo notó. Y el tío no va a venir. No, cielo, está ocupado dijo ella con una sonrisa triste. Pero la tarde del tercer día, cuando regresaban del supermercado, encontraron una pequeña caja en la puerta del apartamento.
No tenía remitente, solo una nota escrita con letra clara para el héroe más valiente. Gabriel la abrió de inmediato. Dentro había una capa roja y una máscara azul. El niño chilló de emoción. Es de verdad, es mi uniforme. Ana sonrió conmovida. ¿Y sabes quién lo mandó? Gabriel asintió con emoción. Mi jefe de los superhéroes.
Ana sostuvo la nota un segundo más antes de guardarla. no dijo nada, pero en su interior una calidez inesperada empezó a expandirse. Esa noche, mientras Gabriel dormía con la capa puesta sobre las sábanas, Ana se sentó frente a la ventana con una taza de té. Afuera, la lluvia había vuelto fina, constante, como un susurro.
Y por primera vez, en lugar de sentirse sola, sintió que algo había cambiado. No sabía qué pasaría. No sabía si podía confiar en Alejandro ni si su presencia en sus vidas duraría, pero lo que sí sabía era que él ya no era el mismo hombre del avión, ni del sofá, ni del whisky derramado. Y tal vez, solo tal vez, ella tampoco era la misma mujer que temía abrir su corazón.
Al día siguiente, Alejandro volvió a la oficina. No avisó, no saludó a nadie, simplemente apareció a mitad de la mañana y se dirigió directamente a la sala de reuniones. Todos los empleados se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar. El ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse. Ana, que estaba en la fotocopiadora, lo vio pasar por el vidrio de la oficina.
Su corazón dio un salto. No esperaba verlo tan pronto y menos después de su conversación anterior. Dudó por un instante si debía acercarse o ignorarlo. Eligió lo segundo. Durante todo el día, Alejandro se comportó como siempre, serio, distante, eficaz. Pero en cuanto los demás no miraban, sus ojos buscaban a Ana, aunque ella evitaba cruzar miradas.
En la tarde, cuando ya casi todos se habían ido, Ana entró a archivar unos documentos. No notó que él seguía ahí de pie junto a la ventana con las manos en los bolsillos. No esperaba verte hoy dijo ella sin mirarlo. Y yo no esperaba no verte, respondió él. Ana dejó los papeles sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. No vine para discutir.
Yo tampoco. Solo vine para explicarte algo. Ella giró apenas el rostro, aún con los brazos cruzados. No tienes que explicarme nada, Alejandro. Somos adultos. Cada quien sabe lo que hace, pero no quiero que pienses que vine aquí por lástima o por entretenimiento. ¿Y entonces por qué viniste? Alejandro dudó.
No porque no supiera la respuesta, sino porque nunca había tenido que poner en palabras lo que sentía hasta ahora, porque desde que te conocí no he podido sacarte de mi cabeza, porque cada vez que veo a Gabriel me acuerdo de lo que perdí y de lo que aún podría tener. Ana se tensó. No puedes reemplazar a alguien con otra persona. No funciona así.
Lo sé y tampoco quiero eso, pero me hace sentir que todavía tengo algo por lo cual quedarme. Ella bajó la mirada. Había dolor en sus palabras, pero también una sinceridad que le dolía escuchar. No soy un premio de consolación, Alejandro. No soy un proyecto personal ni alguien a quien rescatar. Tampoco eres alguien de quien me pueda alejar fácilmente, agregó él dando un paso hacia ella.
Te respeto por lo que eres, no por lo que yo puedo darte. Ana lo miró de frente por primera vez. Entonces, respétame también cuando te pido espacio. Él asintió lentamente. No insistió más, solo dejó una carpeta sobre la mesa. Este es el informe final del proyecto. Me voy a ir de aquí en dos semanas.
Pero si tú, si ustedes necesitan algo, sabes cómo encontrarme. Ana se quedó en silencio. Alejandro salió sin mirar atrás. Las siguientes dos semanas pasaron rápidas, pero con un peso constante en el ambiente. Alejandro aparecía en la oficina con menos frecuencia. Cuando lo hacía, mantenía las distancias. Gabriel preguntaba por él todos los días y el jefe de los superhéroes está ocupado, cariño, pero vendrá a mi cumpleaños. Ana se quedaba callada.
No quería prometer algo que no sabía si sucedería. El día antes de que Alejandro se fuera, Gabriel cumplió 7 años. Ana le preparó una pequeña fiesta en casa con globos baratos, un pastel sencillo y unos pocos niños del barrio. Había decorado el salón con dibujos hechos por su hijo y una pancarta que decía, “Feliz cumpleaños, Capitán Gabriel.
” El niño estaba feliz, aunque se notaba que esperaba algo más. Cuando llegó la noche y ya todos los invitados se habían ido, Gabriel se sentó junto a su madre en el sofá. “¿Sabes que fue lo único que me faltó hoy? ¿Qué, mi amor? El tío Alejandro. Pero no importa, seguro está luchando contra algún monstruo de oficina. Ana rió, pero luego sintió un vacío. Lo extrañaba, aunque no lo admitiera.
Entonces, alguien tocó la puerta. Ana se levantó confundida. Gabriel corrió tras ella descalso. Al abrir, ahí estaba Alejandro con el traje un poco arrugado, sin corbata y con una caja envuelta en papel rojo. Estoy muy tarde. Gabriel gritó de alegría y se colgó de su cuello. Tú viniste. Sabía que lo harías. No podía dejar pasar la fiesta del jefe de los superhéroes”, dijo él entrando.
Ana lo miró en silencio mientras Gabriel abría el regalo. Era una capa nueva con su nombre bordado. También había una carta escrita a mano con dibujos de un superhéroe volando sobre edificios. “La hizo él”, dijo Alejandro señalando el dibujo. “Bueno, intenté que se viera como tú.” Gabriel no cabía de felicidad.
Esa noche, después de que el niño se durmiera abrazando su nueva capa, Ana y Alejandro se sentaron en la cocina con un par de tazas de té. “No debiste venir”, dijo ella, pero no sonaba molesta. “Pero vine. Y en dos días te vas. Sí. Silencio. ¿Qué pasará cuando te vayas? No lo sé. ¿Vas a desaparecer? ¿Quieres que desaparezca?” Ana bajó la mirada.
Lo que quiero es no volver a ver llorar a Gabriel porque alguien más se va de su vida. Alejandro se acercó un poco. Y yo no quiero irme si eso significa perderlos a ustedes. Ella lo miró con el corazón latiéndole rápido. ¿Qué estás diciendo? que tal vez por fin encontré algo más importante que todo lo que he construido con dinero. Ana cerró los ojos por un instante.
Si te quedas, no puedes jugar a medio camino. No estoy jugando. Ella respiró hondo, luego asintió. Entonces, quédate, pero quédate con el corazón abierto, no a medio cerrar. Alejandro se inclinó y la besó. No fue un beso apresurado ni impulsivo. Fue lento, suave, lleno de todo lo que habían callado.
Y en ese instante ella entendió que el miedo seguía allí, pero también la esperanza. Por primera vez en años se sentía acompañada. Cuando se separaron, él le dijo en voz baja, “No prometo ser perfecto, pero sí prometo intentarlo.” Ana sonrió con lágrimas en los ojos. Eso ya es más de lo que muchos han hecho. Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios.
Escriban la palabra vainilla. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. La mañana siguiente, el cielo estaba despejado y el sol comenzaba a calentar el aire fresco del pueblo. En la pequeña casa de Ana, el silencio solo era interrumpido por el débil zumbido de un avión a lo lejos y el canto de los pájaros que regresaban después de días de tormenta.
Gabriel dormía todavía con su nueva capa puesta como una cobija. En la cocina, Ana preparaba café mientras Alejandro recogía los platos del desayuno. No había palabras de más ni urgencias, solo una paz extraña, como si por fin algo se hubiera asentado entre ellos. ¿Siempre ha sido así de torpe para lavar platos? Preguntó Ana con una sonrisa mientras lo veía frotar una taza con indecisión.
Nunca me ha tocado hacerlo”, respondió él sin alzar la vista. En la oficina tengo personal para eso. Y en casa, bueno, ya sabes. Sí, ya sé, dijo ella, y su tono no tenía reproche, sino una sutil ternura. Pero estoy aprendiendo. Le mostró la taza aún con espuma. Creo que esta me está ganando. No te preocupes”, dijo Ana tomando el trapo.
“Por ahora puedes encargarte del secado y si eso se te complica, al menos intenta no romper nada.” Se miraron y soltaron una risa que rompió la tensión de los días pasados. Alejandro se apoyó en la encimera, secándose las manos con un trapo y observando a Ana mientras ella organizaba las cosas con movimientos ágiles y naturales. “No sé cómo haces todo esto sola”, comentó en voz baja.
“Trabajar, cuidar de Gabriel, mantener esta casa de pie, porque no tengo otra opción.” Ella lo dijo sin dramatismo, solo como una verdad. Alejandro asintió reconociendo que su mundo, hecho de asistentes, coches de lujo y reuniones en rascacielos, estaba a luz del de ella. Y aún así, ahí estaba él con una taza en la mano tratando de formar parte de algo real.
“Quiero ayudarte”, dijo de pronto. Ana lo miró desde la puerta del refrigerador con una ceja levantada. Con los platos, con tu vida, con la de Gabriel. Quiero estar cerca. No hace falta que digas todo eso ahora”, respondió ella bajando la mirada. “Sé que te vas hoy.” Alejandro se enderezó. Se había olvidado por completo del viaje.
Su vuelo a león salía esa misma tarde. Todo estaba listo. El chóer, el jet privado, su oficina esperándolo con montañas de documentos. Pero ahora, por primera vez no tenía ninguna prisa. Puedo cancelarlo. Ana negó con la cabeza. No lo hagas por mí. Si decides quedarte, que sea porque realmente lo quieres.
No por culpa, ni por el niño, ni por un momento de debilidad. No es debilidad, dijo él dando un paso hacia ella. Es lo más valiente que he sentido en años. Ana lo observó en silencio, se acercó un poco más y le colocó las manos sobre el pecho. Entonces, vuelve a león, dijo con voz firme. Termina lo que tengas que terminar.
Cierra ciclos, pero si regresas, que sea porque quieres quedarte de verdad. Alejandro sostuvo su mirada. Volveré. Y no dijo más. se inclinó, la besó suavemente y luego fue a la habitación para despedirse de Gabriel, que acababa de despertar. ¿Te vas?, preguntó el niño con los ojos medio cerrados. Unos días nada más, respondió Alejandro sentándose en la cama.
“Pero te prometo que volveré. ¿Me vas a contar más historias de superhéroes?” Muchas más. Le sonrió. Incluso vamos a escribir una juntos. Gabriel se animó asintiendo con energía. Entonces te espero. Alejandro lo abrazó acariciando su cabeza y después, sin mirar atrás, salió de la casa con el corazón lleno de algo que nunca pensó volver a sentir. Pertenencia.
Los días en León se sintieron eternos. Alejandro volvió a su oficina. Todo estaba tal como lo había dejado, ordenado, funcional, impersonal. Las paredes seguían cubiertas con cuadros de edificios y contratos enmarcados. Su asistente lo recibió con el informe diario y todo el equipo de trabajo respiró aliviado al ver que el jefe había vuelto. Pero algo en él era distinto.
Ya no respondía con la misma frialdad. Sonreía a veces. Preguntaba por las familias de sus empleados. Incluso un lunes por la mañana llevó café para todos. algo completamente fuera de su estilo. “¿Estás bien, jefe?”, preguntó uno de los arquitectos. “Nunca he estado mejor”, respondió Alejandro revisando unos planos. “Pero ahora tengo un proyecto más importante.
” En su oficina abrió una carpeta nueva y le puso el nombre, Plan de Vida. Dentro guardó la carta de Gabriel y una copia del dibujo del superhéroe con maletín. Cada vez que lo veía, sonreía. Durante ese tiempo hablaba con Ana todos los días. Llamadas rápidas, videollamadas con Gabriel.
Se turnaban para leer cuentos, compartir anécdotas o simplemente hablar de tonterías. Hoy Gabriel sacó un 10 en lectura decía Ana orgullosa. En serio, eso merece una medalla. Y tú, ¿cómo va el mundo corporativo? sigue siendo un monstruo, pero ya no me comom. Al cabo de dos semanas, Alejandro cerró varios contratos, delegó funciones y se despidió del consejo directivo de forma temporal.
“Me voy unos meses”, dijo ante los socios. “Este proyecto puede avanzar sin mí. Mi lugar está en otro lado. Y así, una tarde de viernes, abordó su jet privado con un solo destino, volver a ese pueblo donde la vida se sentía de verdad. Ana no esperaba que regresara tan pronto. Gabriel tampoco. Estaban en el parque jugando con una pelota vieja que había sido parchada mil veces cuando un coche negro se detuvo en la calle.
¿Ese coche es de verdad?, preguntó Gabriel abriendo los ojos como platos. “Debe ser alguien perdido”, respondió Ana, aunque su corazón ya latía más rápido. Y entonces lo vio Alejandro bajando del coche con una mochila al hombro y una sonrisa tranquila. “¿Ese es tu coche de superhéroes?”, preguntó Gabriel corriendo hacia él. No, dijo él agachándose para abrazarlo. El de superhéroes lo dejé en casa.
Este solo sirve para venir rápido cuando se extraña mucho a alguien. Ana se acercó despacio. Alejandro la miró y sin decir nada la abrazó. No con intensidad, sino con la certeza de quién sabe que ese es su lugar. “Volviste”, susurró ella, sintiendo que todo en su mundo se acomodaba por fin. Y esta vez no me voy. Los días que siguieron fueron sencillos, pero significativos.
Alejandro se instaló en una pequeña casa cerca de la de Ana, aunque pasaba más tiempo con ella y Gabriel que en su propio hogar. El pueblo, al principio curioso, terminó acostumbrándose a ver al famoso empresario haciendo compras en el mercado, paseando al niño por el parque o incluso esperando turno en la fila de la panadería.
Lo que al principio parecía un contraste ridículo, el hombre de trajes caros en un entorno modesto con el tiempo dejó de llamar la atención porque Alejandro ya no era el CEO de Mirada Fría, era simplemente el papá del amigo de Gabriel o el novio de Ana, según quien preguntara. Una tarde, mientras ayudaban a Gabriel con una tarea escolar sobre héroes, Alejandro escribió una frase en la hoja del niño. Un verdadero héroe no siempre vuela.
A veces solo se queda cuando más lo necesitas. Ana lo leyó y no dijo nada, pero esa noche, cuando Alejandro ya se había ido, se sentó en la cama con Gabriel dormido a su lado y volvió a mirar esas palabras. Sonrió con lágrimas contenidas. Con el paso de los meses, la vida tomó un ritmo nuevo.
Alejandro había decidido mantenerse alejado de su empresa principal por un tiempo más largo, solo atendiendo desde la distancia algunos asuntos urgentes. Había contratado a un nuevo director general y delegaba lo que antes jamás habría soltado. Invirtió en la misma comunidad donde vivía ahora. apoyó la renovación del centro comunitario, compró equipos para la escuela de Gabriel y ofreció empleo estable a varios vecinos, pero lo hizo sin exhibirse, sin carteles con su nombre, sin entrevistas.
Solo quería devolver un poco de lo que ese lugar le había dado, una segunda oportunidad. Ana, por su parte, había aceptado un nuevo trabajo en una oficina municipal. Ya no trabajaba en tres lugares a la vez. tenía más tiempo para ella, para Gabriel y para compartir tardes tranquilas con Alejandro, sin estrés ni prisas. Una tarde, mientras los tres estaban en el jardín de casa, Gabriel jugaba con una pelota mientras Alejandro y Ana tomaban café bajo el toldo de tela. ¿Te imaginaste alguna vez así?, preguntó él.
¿Cómo? ¿Tú? Yo. Esto. Ana sonrió. No, ni en mis mejores sueños. Alejandro la observó con una mezcla de ternura y admiración. ¿Puedo hacerte una pregunta seria? Siempre. ¿Te gustaría casarte conmigo? El silencio que siguió fue profundo. No porque Ana no supiera qué decir, sino porque esa pregunta removió cada rincón de su historia, de sus miedos, de su lucha.
había amado antes, había perdido, había criado sola, había aprendido a no depender de nadie y sin embargo ahí estaba él mirándola no como alguien que quiere completar su vida, sino como alguien que quería compartirla. “Sí”, respondió ella al fin, sin dramatismos, “pero con una condición. Dime, nada de anillos caros ni fiestas enormes.
¿Y si tengo un anillo en el bolsillo? Te lo acepto, pero solo si lo compraste con descuento. Ambos rieron. Alejandro sacó una cajita pequeña. Dentro había un anillo sencillo de plata con una pequeña piedra verde. No fue con descuento, pero sí con amor, dijo él tomándola de la mano. Gabriel los miró desde lejos con una gran sonrisa.
Van a ser esposos. Gritó. Sí, campeón, respondió Alejandro. ¿Estás de acuerdo? Solo si me dejan ser el superhéroe en la boda. Ana rió con ganas. Eso está hecho. El día de la boda fue pequeño, sencillo y lleno de cariño. Se casaron en la plaza principal del pueblo bajo una pérgola decorada con flores silvestres.
Solo asistieron amigos, vecinos, compañeros de trabajo y, por supuesto, los niños del barrio que conocían a Gabriel como el niño con capa. Gabriel llevó los anillos colgados del cuello, vestido como su personaje favorito. Durante la ceremonia, cuando el juez preguntó si alguien tenía algo que decir, él levantó la mano y gritó, “Solo quiero decir que ahora sí tengo una familia de superhéroes completa.
” Todos aplaudieron y Alejandro, visiblemente emocionado, lo alzó en brazos besándolo en la frente. “Tú eres el verdadero superhéroe chiquito.” La celebración no tuvo orquesta ni luces. Pero hubo música alegre, comida casera y una enorme torta con dibujos de superhéroes hechos por Gabriel. Ana, con un vestido blanco sencillo, bailó con Alejandro al ritmo de una canción suave que hablaba de los comienzos inesperados y de las segundas oportunidades.
Y mientras bailaban, se miraron con esa complicidad que solo tienen quienes han sobrevivido al dolor, quienes han elegido quedarse cuando era más fácil huir. “Gracias”, le susurró Ana al oído. “No, respondió él. Gracias a ti por no cerrarme la puerta cuando más lo necesitaba. Meses después, en una entrevista que Alejandro concedió como parte de un reportaje sobre su nueva vida, el periodista le preguntó cuál ha sido la decisión más difícil de su vida.
Y él, sin pensarlo demasiado, respondió, “Elegir quedarme. Y la más importante, la misma. ¿Por qué?” Alejandro se quedó callado unos segundos, luego sonrió y miró una foto sobre su escritorio. Ana, Gabriel y él en la casa. Todos con capas rojas de tela barata, riendo como si fueran invencibles. Porque quedarse es lo que hacen los verdaderos héroes. Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
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